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22 de Julio, 2008

Feria Vecinal
(por Yamandú Lasa)

El paso del tiempo puede verse reflejado en pequeñas cosas que ven modificado su aspecto para poder adecuarse a los tiempos que corren. Es así que las fachadas de varias casas han sido reconstruídas y se ven rodeadas de rejas que buscan protegerlas. Ya no hay canastos para colocar las bolsas de basura, sino que abundan contenedores para que las veredas permanezcan más limpias. El videoclub ya no se llama así, ahora es “DVD Club”, y las viejas almacenes fueron suplidas por autoservicios. Son factores que hacen del barrio algo situado en un punto intermedio entre aquello que hace a su identidad, y el presente al cual se enfrenta y lo lleva a adecuarse a las circunstancias. Vecindario, limpieza, seguridad, negocios, entre otros, son los factores que han hecho modificar tanto a un barrio, como a la ciudad misma. Pero al recorrerla, podemos ver a diario una imagen que permanece intacta al paso del tiempo: la feria vecinal. Un negocio que se instala en las calles semanalmente, y el cual los vecinos esperan su llegada. Y suena raro a los oídos relacionar el concepto de “negocio” de nuestros tiempos con la feria vecinal. Quienes allí concurren compran básicamente frutas y verduras frescas.

Pero lejos de ser una compra más, es un paseo que cada vecino realiza por las mismas calles en las que vive, calles que redescubre cada día que la feria llega al barrio. Ese día parece amanecer más temprano. A la madrugada se instalan los puestos en las calles y bajan la mercadería de los camiones.

Las ferias montevideanas son también un punto de encuentro entre aquellos vecinos que, quizás por motivos laborales o de horarios, no se encuentran en la semana. Y quizás ni siquiera saben dónde vive ese “vecino”, tampoco parecen querer saberlo. Es que la feria también genera vínculos entre quienes la frecuentan. Allí se escuchan diálogos sobre el clima, la política, las telenovelas o sobre las compras que están realizando. Y con el paso del tiempo todo esto no ha variado. Los puestos de feria se siguen armando con los mismos fierros y toldos ya deteriorados. Visten el barrio con su tono particular que lo lleva a olvidarse del marketing que ha invadido toda área. Raramente la feria vecinal no ha estado a la vista de ningún estratega del marketing para traerla más acá en el tiempo y darle un toque particular del siglo en el que vivimos. Pero quizás es allí donde se encuentra la esencia de la feria. Lo intocable que posee, esa especie de burbuja que la ha rodeado para cubrirla de la tecnología y lograr que adquiera vida propia, ha hecho que allí el tiempo transcurra de manera diferente: desde los viejos camiones que venden pescadería hasta las balanzas utilizadas por los vendedores de frutas y verduras.

Al visitar la feria vecinal, una tradición que ha perdurado a través del tiempo y que se enfrenta a las innovaciones que surgen día a día, surge la impresión de que existe un desfazaje entre tiempo y espacio. Uno se ve situado en un lugar que parece ser un submundo, y a la vez, fuera del tiempo en el que uno vive.

Culminando el recorrido por la feria, pueden verse también otros oficios que la misma fue generando en su interior. Señores recorriendo cada puesto ofreciendo bolsas a los feriantes, otros vendiendo comida pronta para el almuerzo, mientras otros hacen los suyo con bebidas. Es un espacio que provoca sus propios climas internos: la imagen de las señoras eligiendo las verduras y dialogando con los feriantes, con los cuales se produce un vínculo amistoso, donde no existe esa relación casi impersonal que presentan los negocios de hoy para con el cliente. La imagen de los floristas en cada esquina bajando las flores de sus camiones, o las señoras cargando con sus carritos donde colocan los kilos y kilos de las compras que realizan. Carritos que también suelen tener varios años y que no han desaparecido del paisaje que la feria ofrece. Y no es extraño que al recorrerla durante un día de invierno se vean estufas improvisadas por los feriantes, y se creen fogatas dentro de grandes tanques que ayudan a sobrellevar esas frías mañanas.

El recorrido por la feria ha terminado, y sólo restan frutas, verduras y mercadería que ha quedado volcada en el piso. Los viejos toldos deteriorados permanecen arrollados esperando que los encargados de su traslado los retiren de las aceras. Los feriantes cargan cajones en sus grandes camiones mientras que palomas y animales se acercan atraídos por el olor de la mercadería que ha quedado. Rondan las 14 horas, y el tiempo del que la feria parece sustraerse mientras se instala, comienza nuevamente a transcurrir.


fotografías: nicolás alé

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